Kongō Gumi, una compañía japonesa, dedicada a la construcción de templos, ostenta el récord de haber estado activa durante el periodo de tiempo más prolongado de la historia, desde 578 hasta el cese de su actividad en 2.007, más de 1,400 años
La familia
Kongo llegó de Corea por invitación del
príncipe Shotoku hace más de 1.400 años con el encargo de construir el
templo budista de Shitennoji, en Osaka, que existe aún actualmente.
Ese fue el primer contrato de la constructora
Kongo Gumi. A lo largo de los siguientes 14 siglos, la empresa participó en la erección de muchos monumentos históricos japoneses como el
castillo de Osaka (siglo XVI) y el
Hōryū-ji en Nara.
Un
pergamino de unos 3 metros de longitud del siglo XVII permite rastrear las 40 generaciones que se remontan hasta los comienzos de la compañia. Al igual que sucede en muchas familias japonesas distinguidas, a menudo los yernos se unieron al clan tomando el nombre Kongō. Por ello, a través de los años, el linaje se continuó a través tanto de los hijos varones como de las hijas.
La empresa no se aferró a la tradicional costumbre japonesa de dejar al hijo mayor a cargo, sino que los líderes elegían al hijo que parecía más capacitado para el puesto. Incluso, cuando no hubo un hijo que pudiera gestionar con éxito el negocio, los líderes de
Kongo Gumi pusieron a una mujer al mando.
A lo largo de la segunda mitad del siglo XX, la creciente secularización de la sociedad japonesa empezó a erosionar el modelo de negocio tradicional de la empresa. La demanda de templos se derrumbó. Finalmente, en 1998, el gobierno japonés eliminó los subsidios para la construcción de templos.
Sin embargo, la caída de la empresa más antigua del mundo no sólo se debió a cambios culturales y regulatorios sino también a errores propios. Durante los '80, en pleno auge de la burbuja inmobiliaria japonesa,
Kongo Gumi se endeudó furiosamente para
especular en real estate. El estallido de la burbuja, en 1992, dejó a la empresa con millonarias deudas.
Durante los últimos diez años de su existencia, la venerable compañía languideció lentamente. En 2006,
Kongo Gumi ya no pudo pagar los intereses de su deuda de 343 millones de dólares y se declaró en quiebra. Sus activos fueron absorbidos por el gigante de la construcción,
Takamatsu.
En el momento anterior a su liquidación la compañía contaba con más de 100 empleados y unos ingresos anuales de 7,5 millardos de yenes (aproximadamente unos 70 millones de dólares estadounidenses). El último presidente fue Masakazu Kongō, el cuadragésimo Kongō en dirigir la empresa.
Para
Kongo Gumi, involucrarse en la especulación inmobiliaria significó el tiro de gracia para un negocio familiar de 14 siglos de duración.